Porque lo que la intimidaba no era el hombre en sí, sino lo que acababa de descubrir que sentía por él.
Era como si su corazón se acelerara cada vez que pensaba en él, como si sus emociones estuvieran fuera de control.
“Empezá a imaginar que harías si él te acariciase como siempre lo imaginaste, de esa forma placentera” le susurraba su propio corazón...
Y ella pensaba mucho en él.
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